Algunos apuntes sobre la fisura y la solidaridad con los adolescentes que todavía no pueden surfear

No es cosa fácil que se le alejen las olas a los que más ganas tienen de surfearlas


Yo tenía 15 o 16 años, no me acuerdo qué día de la semana era, creo que un lunes, la profesora de Química había avisado que iba a faltar, pero como en tantas  otras cosas en el colegio, no presté atención.   

En lugar de dormir un rato más, sufrí una vez más la despertada de las seis y media de la mañana y  fui al liceo.

Al llegar me di con el entumecido recuerdo de la profesora, algunos días atrás advirtiendo que no vendría a dar clases. “¡Qué banana que soy!”, pensé, calladito.

Por ahí estaba el Pablo González, “Gonzy”, tocayo en varios aspectos de la vida, como el no prestar atención en clase.

Para pasar el rato fuimos a un patio y nuestro desafío fue saltar una escalera y colgarnos de unos fierros.

Me salió bien una vez, dos veces y a la tercera no logré enganchar y caí al piso con la parte posterior de la mano, doblándola más de lo que el hueso acepta y quebrándola.

Supe que era grave, pero mi llanto cuando supe que estaría un mes y medio a dos afuera del agua, se hizo sentir.

Lloré varios días, por momentos me prohibía ver videos de surf porque las ganas de ir al agua superaban lo que yo podía tolerar.

Intenté una vida distinta que nunca pude acompañar.

Lo mío era ir al agua, era ir a surfear.

El tiempo pasó y el día que me tocó regresar al agua, con el brazo desinflado tras más de un mes de  yeso, lloré nuevamente, mientras caminaba hacia el agua.

¡Qué gloria sentía! Lloraba porque regresaba al lugar al que pertenezco, elijo pertenecer y me gusta hacerlo.

Lloré y disfruté volver al agua tras varios días sin surfear.

Ahora con 39 años, tomando las cosas con más calma, me detuve a pensar en los yo con 15, que sé hay muchos y quise solidarizarme con ellos.

No sé cómo habrán sobrevivido, muchachos, pero sepan que sé que es difícil. El mar no se le saca a los surfistas, no es justo.