El mar del año en Uruguay

El sábado 14 de mayo entrará en la historia del surfing celeste; estos dos relatos y las fotos correspondientes, lo justifican


Foto de portada: Olones triple overhead ingresando en el Pendorcho. En la arena, Iturria lidiando con la moto de agua. Todas las fotos de Gastón Tournier

En un lapso de cinco días se dieron situaciones absolutamente opuestas e históricas para el surfing uruguayo: Entró el verdadero mar del año con trenes verdes triple overhead quebrando en el Pendorcho de Punta del Este el sábado, y un ciclón le dio duro a Montevideo el martes, haciendo que sea posible surfear tres días seguidos las olas marrones de la capital.  

Un país que surfísticamente no cuenta con muchos sucesos, vivió intensamente actividad de todo tipo; la primera relacionada a lo que es bajar olones de verdad, mucho siete pies en el agua, muchos huevos, pocas personas tiradas, muchos mirando de afuera. La segunda es más bien anecdótica, novedosa y descriptiva de lo que es una subcultura que vibra con pasión el surfing cerca de casa.

Este medio había hecho justicia con retratar la segunda, pero no con la primera.  

Se ataron cabos para dar con los fotones de Gastón Tournier y dos de las mejores plumas del surfing uruguayo y latino, como son la de Rodrigo Caballero y Martín Aguirre.  

El resultado, humildemente pienso, hace justicia.

Caballero y su amigo Javier Lestido chequean las olas desde la playa de La Virgencita, al costado este del Pendorcho, la ola del swell. Todas las fotos: Gastón Tournier

UNA BIRRA QUE NO ENTRA

Por Rodrigo Caballero

Mientras tomaba mate, parado frente al altar con una virgencita que se ubica al otro lado de la punta de piedras de la Boca de la Barra, junto a mis amigos Gastón Tournier, Pablo Zanocchi y Javier Lestido, vi una serie de cinco olas cayendo a plomo sobre el banco de arena, a unos 50 o 60 metros de la orilla. Cinco rompecocos negros que sonaron como truenos al lanzar unos labios que parecían bloques de concreto cayendo desde un quinto piso.

Con esa imagen en las pupilas, no dudé en apostar una birra a que el flaco que estaba a punto de tirarse al agua con un bodyboard, no entraba ni con la ayuda del Santísimo Señor Jesucristo que vive en las alturas. Los muchachos, por llevarme la contra, me llevaron también la apuesta y perdieron como en la guerra. Tras no menos de diez minutos de su ingreso al medio líquido, el bodyboarder agitaba los brazos y las patas de rana envuelto en un caos de espumas ingobernable, que lo arrastraba hacia la orilla con la misma violencia con que lo hacía derivar hacia Punta del Este, tal como si fuera un barquito de papel. Hay que reconocerle la inquebrantable voluntad y el inmenso amor propio que supo demostrar, ya que no paró de luchar ni un segundo hasta que el mar acabó escupiéndolo por las rocas del Pendorcho, a unos 580 metros de donde entró, según me indica ahora, con suma precisión, la herramienta esa que tiene el Google Earth para medir las distancias.

Tan testarudo era el del body que mis amigos asumieron su derrota y me acreditaron la birra un buen rato antes de que el tipo claudicara y le ofreciera las posaderas a la espuma que finalmente lo devolvería a tierra firme.

Créame el lector que si del morey hubiera sido una persona sensata, en todo el rato que estuvo pedaleando contra el repecho, jamás debió haber abrigado ni una mínima chance de lograr su cometido. Igual le dio a mansalva. Por eso, si el buen hombre quiere reclamar la mitad de la birra que me gané, se la daré de buena gana. Si mis archivos mentales no me fallan, el esforzado moribuguista es Agustín Conserva. ¡Salud, amigazo! ¡Esta birra va por usted!

En el momento que comencé a celebrar mi triunfo, cayó otro flaco. Era un tal Pisano, según informó Zanocchi, y andaba con una tabla que claramente no era para aquél mar. También traía una convicción que parecía habérsela contagiado del spoonger. Saludó a la pasada, bajó la dunita corriendo y se tiró al agua sin esperar demasiado. Se ve que la había vichado antes y ya le tenía calado el tiempo a la serie. La otra posibilidad es que se tratara de un inconsciente que no tenía idea de lo que estaba haciendo. Pronto lo sabríamos.

La cuestión es que Javier, ni lerdo ni perezoso, me dobló la apuesta anterior.
- Si este flaco entra, garpás dos.
- No entra. -Aseguré, haciéndole frente al desafío-. Ni en pedo entra.

Minutos más tarde, con los ocho ojos nuestros clavados en su espalda, una serie enorme estuvo a punto de caerle encima y hacerme acreedor de otras dos chelas. Pero zafó por un pelo. Atrás vino otra y, con un sprint desesperado, también logró pasarla arañando. Para su fortuna, era la última de la serie. El tal Pisano lo había logrado. Estaba adentro, subiendo y bajando unos olones de campeonato. En seguida lo perdimos de vista y sólo lo volví a ver como una hora más tarde, mientras analizaba junto a otros dos amigos, las posibilidades en el Pendorcho.

Trenes largos, grandes, perfectos, tubulares, quebraron en El Pendorcho el pasado sábado 14 de mayo.

EL LUGAR

El Pendorcho estaba salado. Pero era el mejor lugar por lejos. Las izquierdas rompían como en las películas de surfing que pasan en Youtube: Allá al fondo, bien grandes, cargadas de agua. Y tirando unos tremendos tubos. En una de esas, la buena de la serie, fue que identifiqué al Pisano. Iba agazapado, de backside, agarrando el rail y buscando la sombra que da el techo del salón verde. El Gato Tournier lo divisó a través del lente y, como no es manco, acá está la foto que no me deja mentir.

Nico Pisano, agazapado, usando cada centímetro de su 6'1.

Al Pendorcho llegamos después de haber recorrido de punta a punta todas las opciones posibles, cruzado mil quinientos llamados y mensajes de texto con otros muchachos que estaban en la misma vueltita de la muerte y luego de haber despotricado contra la imposibilidad innata de estas putas costas para convertir en olas de calidad un swell grande.

Sin duda que lo mejor estaba ahí, enfrente nuestro, en esa punta de piedras que le pone un final a la larga playa Brava. Pero la entrada se veía infranqueable. Las series, por momentos, parecía que no iba a parar nunca y los espumones barrían con todo lo que tenían por delante. En el pico, de cara a las rocas, había unos cuatro o cinco surfistas y dos motos con sus respectivos pilotos. Nos llamó la atención que ninguna de las dos remolcaba a los surfistas en las olas. Todos estaban tomando a puro brazo. El que más olas surfeaba era un flaco alto con una tabla larga y verde. Iba de back y se notaba que sabía lo que estaba haciendo allá afuera.

Más tarde me enteré que era Felipe Ferreira, un surfista que se parece más a los de antes que a los de ahora, de esos que cuando un mar como estos viene, él lo está esperando. Luego supe también que había llegado a la playa antes que nadie, que se había tomado su tiempo para entrar y ubicarse en el pico y toda esa data ayudó a comprender la razón de su ganancia. Es que los días así no son para andar improvisando. Al contrario, cuanto más y mejor preparado se encuentra el surfista, más olas va a agarrar y mejor la va a pasar. Una tabla con las dimensiones adecuadas, un buen estado físico y unas sinceras ganas de surfear olas de esas características, hacen la diferencia. Digan lo que quieran, pero las fotos del flaco de la tabla verde respaldan cada una de estas palabras.

De acuerdo a los cronistas de esta nota, el surfer de la sesión fue Felipe Ferreira. En la foto: Bajando una intermediaria para sus estándares.

A LA SUERTE HAY QUE AYUDARLA

La historia que se narra a continuación es la de un surfista cuya suerte cambió radicalmente tres veces en menos de una hora. Se le presentó como un fantasma, luego lo abandonó en el peor momento y en seguida volvió a abrazarlo como a un bebé.

En Uruguay, cuando los mares entran grandes, las cosas no son fáciles. En ningún lado lo son, dirá usted, que ya ha sido revolcado por mares grandes en las costas de otros países. Y tendrá razón. Cómo no la va a tener. Aunque a juicio de este cronista, aquí todo suele ser más difícil. Siempre falta un vintén pal peso. Que el swell no tiene la orientación justa, que la ola cierra, que el viento está un cacho torcido, que la corriente te saca o te mete al pico… En fin, siempre que en Uruguay hay más de dos metros, el mar se pone demasiado exigente. Como dicen los operadores turístico: Uruguay es caro.

Los días como el sábado se caracterizan por mucho esfuerzo y pocas olas. Lo dijo Luisma Iturria en un video que subió a su Instagram. También dijo que por ese motivo las motos son un gran aliado para sacarle más jugo a los pocos swells poderosos que se presentan a lo largo del año. Para surfear más y changar menos.

 

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Como decía antes: En el pico habían dos motos. Quién sabe si dentro de algunos años, cuando los motores se hagan más comunes en los lineups, este artículo no se tome como referencia de un tiempo en que todavía no se curtía la asistencia mecánica. Quizá estemos en el amanecer de una nueva era del surfing uruguayo

Así las cosas, alrededor de las 10 y pico de la mañana éramos unos cuantos los que nos habíamos juntado en la duna a mirar el mar. Mirábamos y mirábamos pero nadie se decidía a tirarse. En casi dos horas apenas habían entrado al mar tres surfistas: los hermanos Lorenti -Martina y Alfonso- y Nacho Arufe.

Pero una serie de cuatro olas casi perfectas, que se enroscaron por más de una cuadra desde el point hasta la arena, pasando por la escuelita del Tato Eiris, convencieron a Javier, parado al lado mío, de que no podía seguir ahí bobeando, seco de agua salada. De golpe, anunció que se la iba a jugar y, ante la mirada desaprobatoria de quien escribe, se perdió entre las dunas, del otro lado de las cuales habíamos dejado el auto con las tablas y los trajes.

En ese interín, una moto salió del agua y se atracó en la arena, justo enfrente a nosotros. Era Luisma Iturria al mando de la moto del Capi Tarallo, el de la popular cervecería Capi Bar.

- Ni que el culón del Javier hubiera pedido un remise -me dijo uno que estaba al lado mío, sacudiendo la cabeza sin poder creer en la fortuna de mi amigo.

- Va a llegar justo pa subirse con el Luisma y entrar con el pelo sequito. La puta que lo pareó. -Agregué me puse a barruntar en las posibilidades que tenía de salir corriendo hacia el auto y cambiarme como pedo para anotarme en la carona. Mientras lo hacía, apareció Javier, ya cambiado y con una 6'6 abajo del brazo.

- Apurate que sale el bondi -Le gritó otro que estaba fumando, ya decidido a no entrar, un poco más al costado. Cuando Javier cayó en la cuenta del golpe de suerte que acababa de recibir, abrió una sonrisa de oreja a oreja y aceleró la corrida hacia la orilla.

Pocos minutos más tarde viajaba a todo trapo a bordo de la moto, sentado atrás del Luisma, con otro surfista prendido como una garrapata a las agarraderas de la camilla esa que se engancha atrás de las motos de agua y que los gringos llaman sledge. Era el recién nombrado Tato Eiris de la escuelita H2O.

Ya lo dijo un sabio de la antigua China: Cuando la limosna es grande, hasta el ciego desconfía. Y por algo lo dijo. En pleno viaje hacia el pico, una decisión desafortunada del piloto, hizo que los tres volaran por el aire al saltar un olón lleno de espuma. Lo que siguió es al pedo escribirlo pues lo muestra con detalle el video que aquí se comparte. Un contratiempo que por poco no termina en catástrofe.

 

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Lo cierto es que tanto Luisma como Lestido, le pusieron el hombro a la situación y rescataron la moto, que había ido a dar a la orilla. Nadaron como tres o cuatro cuadras a favor de la corriente, para reunirse con el vehículo a la altura de la parada 27 o 28, vaya uno a saber. La moto arrancó sin dificultades y los muchachos retomaron el plan inicial de ir a surfear las izquierdas del Pendorcho, como si nada hubiera pasado.

Y la fortuna, que se la había dado vuelta a Javier, volvió a ponerse de su lado. Lo prueba de forma irrefutable la secuencia 21A que acompaña estas líneas.

Tras el revolcón, Lestido encontró una de las gemas de la sesión.
Hizo el bottom y se colocó para...
Un viaje mágico en la parada 30 de Punta del Este
"De golpe, anunció que se la iba a jugar y, ante la mirada desaprobatoria de quien escribe, se perdió entre las dunas, del otro lado de las cuales habíamos dejado el auto con las tablas y los trajes", escribe el autor de la nota sobre el destino de Lestido
Desapareció por completo.
Y salió a sentirle el gusto a la gloria.
No hubo muchos tubos completos esa jornada
Este fue uno de los pocos.

Como dice el título, a la suerte hay que acompañarla. El hombre ligó la carona de Luisma únicamente porque decidió jugársela a hacer la patriada de entrar remando. De lo contrario, nada de esto, ni el perrengue ni el tubo, hubieran ocurrido.

¿POR QUÉ NO NOS TIRAMOS?

Escribe Martín Aguirre

Arrancaría este texto diciendo: “Qué duro es vivir en Montevideo para surfear”. Y usted respondería: “Chocolate por la noticia”. Pero pocas veces quedó más claro que el 14 de mayo, cuando desde las dunas frente al pico X de Punta del Este, veíamos con un grupo variopinto el mejor mar del año tirando bomba tras bomba, con apenas un par de personas en el agua.

Bueno, lo de bomba siempre es relativo acá, ¿Qué habría? ¿Seis pies? ¿Ocho? No me animaría a tanto.

Pero sí estaba peleador. La entrada era un Cinco de Oro en contra, con series que picaban cabezas, y olas de arriba abajo, de esas que garanten que un mal timing, es escupida para afuera seguro. Si entrabas, parecía haber bastante corriente, los afortunados que habían pasado la rompiente, estaban rato sin tomar, y cuando pescaban una, pocos pasaban del drop. Pero hubo una, creo que fue Felipe Ferreira en una tabla verde que debía ser como 7´6, que le abrió kilómetros.

Y nosotros, afuera, mirando “ñata contra el vidrio”, sin decidirnos. Ojo, no era por impresión ni nada. En general era toda gente experiente, y con días bastante más pesados sobre el lomo. En el caso de quien escribe con un agravante: Recién bajado de un avión, después de un viaje relámpago donde había ligado Pavones grande, los mejores días de la temporada según los locales, y venía surfeado y con buen training. Pero tampoco.

Seguíamos mirando, mirando, y nadie se tiraba. Al final, la mayoría terminamos yendo para el clásico pico más al este, para pasar refregando codos y peleando con otros 200 tipos (y tipas), en olas que estaban buenas… Pero nada que ver.

Alfonso Lorenti, en esa contemplación tan importante en la vida de un surfista, de último momento: ¿Voy o no voy? Esa es la cuestión. Ante la mirada atenta de su hermana, Martina.

¿Por qué no nos tiramos? Todo el año deseando un día medio grandón, de esos que filtran a los funboards y a los bigotitos de barbería, y al final, no lo aprovechás. ¿Qué la entrada era peleada? ¿Qué se iba a tomar poca ola? ¿Qué capaz te tirás y sacás dos antes de que te barra la corriente? ¡Y sí! Pero eso pasa acá, y en todo lados. ¿O te crees que te tirás un día sólido en otro lado y vas a agarrar 20 olas charlando y sin pagar precio?

Pero claro. Una cosa es hacer eso, si después te vas a otro pico y seguís surfeando. O surfeaste ayer, o mañana. Pero el tema de fondo es cuando te levantás a las 5 am en Montevideo, te gastás unas cuentas “matrimillas” y crédito laboral, manejás dos horas, hacés todo ese esfuerzo, ¿y te la jugás sabiendo que capaz terminás remando la vida, comiendo espumas como un campeón, con la probable chance de agarrar dos rompecocos y pa´afuera?

La próxima ni lo dudo...

Sí, claro.

El spot en el que Tato Eiris pasa el año entero, se encendió para el pasado sábado. El local, se bajó su bomba y la foto lo deja claro.
Cuando uno de los mejores surfistas del planeta tierra, como Luisma Iturrria, reconoce que las condiciones no están para amistades, por algo es. El Guanaco encontró su cuota de tubos.
De nuevo: Encontró su cuota de tubos.
Martina Lorenti, siempre presente en mares de peso.
Surfer revelación del mar del año: Nicolás Pisano, bajando una de las más grandes del día, con su 6'1.
Felo Barú, talento joven y del bueno, humilde y tranquilo, encontrando la bombástica y colocándose dentro de un barril del que la mayoría de humanos no quiere tener nada que ver.
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