Surfear en medio de Berlín
En el barrio de Lichtenberg, al este de la ciudad; entre vestigios de la Stasi y cerca del barrio vietnamita, está Wellenwerk, la fabrica olas
Texto y fotos: Ricardo Ginés
En el centro de Berlín es posible encontrar gente con la tablas de surf bajo el brazo en el tranvía. Puesto que en un barrio icónico para el Este de Berlín como Lichtenberg se ha creado el centro deportivo Wellenwerk (literalmente, fábrica de olas) donde es posible hacer surf en medio de la gran ciudad.
Si ves a alguno de ellos que sepas que estás muy probablemente frente a uno de los clientes habituales del Wellenwerk que se trae de casa su tabla para surfear una hora en el este de la urbe “landlocked”, el término con el que se conoce entre surferos el no poder tener acceso al mar. La ola surfera de mayor tradición en Alemania también se encuentra en una gran ciudad muy lejos del mar: No es otra que Múnich en la que hasta recientemente se podía surfear en el arroyo Eisbach.
Con el Wellenwerk llegó en 2019 a Berlín una de las olas artificiales más grandes de Europa puesto que asciende hasta a los 165 centímetros. Se trata de “la única arena de surf indoor” o así al menos se publicita.
Aquí hay bastantes, la demanda es elevada, surferos que por 49 Euros se apuntan a una hora de surf antes de ir al trabajo.
Para los que acaban de empezar es algo más caro (59 Euros) puesto que primero son monitorizados y preparados con clases. Hasta que se habititúan a las olas proceden a sujetarse a una barra.


El que viene aquí a menudo tiene un sueldo generoso porque no todo el mundo puede apartar 300 euros al mes para poder surfear unas seis horas como muchos hacen aquí.
“Los elevados precios se deben al consumo de electricidad. Por eso es tan caro. Desafortunadamente, no es muy rentable (sobre todo desde la guerra en Ucrania)”, constata Malte Bergengrün, el chico para todo en el Wellenwerk. Malte es carpintero de profesión y entre varias actividades también diseña y repara tablas de surf.
Lo que enseguida llama la atención al entrar donde se encuentra la piscina es la elevada temperatura ambiente (casi 30 grados). Y el agua también está caliente, a unos 26 grados. La explicación se debe al sistema de funcionamiento: “Se trata básicamente de bombas que bombean el agua desde abajo para que fluya hacia arriba. Estas bombas producen calor residual de forma natural. Usamos este calor residual para calentar todo el edificio, el agua, el edificio residencial (tenemos una casa allí) y el edificio de oficinas de enfrente. Así que intentamos aprovechar este exceso de calor —esencialmente un residuo— para ahorrar energía en otros usos”. El resultado es un ciclo infinito.
“Y así podemos producir una onda infinita”, añade Malte.
Lichtenberg, un barrio ligado estrechamente a la historia y la política
Muy cerca del Wellenwerk se haya el epicentro de la vida vietnamita de Berlín: el Don Xuang Center, literalmente la hierba de la primavera.
Se trata de un enorme complejo de 163 hectáreas dominado por las tiendas y restaurantes que funciona como una especie de universo paralelo de la urbe, un pequeño Hanoi. Aquí los comerciantes en su mayoría (65%) son vietnamitas. Aunque también se encuentran pakistaníes, indios, chinos o polacos.
Oficialmente viven unas 30.000 personas de nacionalidad vietnamita en Berlín. Y que un barrio del Este tenga una gran población oriunda de Vietnam, un país comunista, no es extraño: la mayor parte de sus ancestros llegaron a la Alemania oriental como “Vertragsarbeiter” (trabajadores con convenio).
Curiosamente, otro enorme complejo en Lichtenberg que dispone de 50 edificios llenos de cientos de despachos también está ligado a la historia de un país que ya no existe. Se trata de la que fuera central de la Stasi, el Ministerio para la Seguridad del Estado. En 1989 la Stasi llegaba a emplear a 90 mil funcionarios y unos 180 mil informantes. En este mismo centro del miedo, entonces bien cerrado a miradas de extraños, se hallaba un supermecado, una librería, una agencia de viajes e incluso una peluquería solo para funcionarios. Ahora todo ello se ha convertido en, entre otras dependencias, un museo dedicado a la memoria de aquella inteligencia y policía secretas. En el centro la pregunta de cómo logró el partido SED durante 40 años controlar a la población de millones de personas en la DDR, algo que refleja muy bien la película “La vida de los otros” (Florian Henckel, 2006).
Todavía se conserva aquí, muy cerca de la parada de metro Magdalenenstrasse (por eso “magdalena” era sinónimo de persecución política en la DDR) el despacho de Erich Mielke, el número uno de la Stasi cuando cayó el muro en 1989. También un enorme archivo de la misma agencia de inteligencia donde se encuentran 111 kilómetros de expedientes. Muy cerca se encuentra la sede de la Astak, la Acción Antiestalinista.
Afuera, una exposición al aire libre acerca de la “revolución y caída de muro”. Porque precisamente este lugar es icónico para la “revolución pacífica” en el este de Berlín: fue asaltado al grito de “Nunca más Stasi” el 15 de enero de 1990 por miles de berlineses que deseaban así frenar la destrucción de las actas.
En el archivo hoy los ciudadanos pueden consultar si se ha encontrado un expediente a su nombre y se emplea mucho tiempo y paciencia en convertir miles de jirones de actas destrozadas en documentos accesibles.
Y todavía más grande que todos estos edificios agrupados es el Tierpark de Lichtenberg, el zoológico de 160 hectáreas creado por la Alemania comunista como respuesta al Zoologischer Garten del Oeste.
Aquí tienen su casa unos 7.800 animales de 632 especies, a las que se ha incorporado por cierto recientemente el leopardo de las nieves Sayan de mirada francamente turbia. Curiosamente, el bronce de las figuras animales en el parque tiene como procedencia una estatua de Stalin de cinco metros de altura erigida en 1951 y eliminada diez años más tarde.
También muy politico es el cementerio de Friedrichsfelde en Lichtenberg, el conocido como “monumento a los socialistas”.
Aquí descansan los restos de célebres comunistas como los asesinados Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Cuando fueron llevados al cementerio el 25 de enero de 1919 unas cien mil personas acompañaron a los féretros formando parte del enorme cortejo funerario. Por cierto que el feretro de Luxemburg estaba vacío puesto que se la daba por muerta, sí, pero su cadáver todavía no había aparecido. A los pocos meses se encontró, en el Landwehrkanal. Curiosamente, el cementerio tenía un monumento a la revolución del arquitecto Mies Van der Rohe. A pesar de que fuera destruido por los nazis, van der Rohe, ya en el exilio, tuvo que justificarse al respecto en 1957 frente al tribunal anticomunista de Mc Carthy. El entonces ya septuagenario no renegó de su “obra revolucionaria”.
Y la política unida a la historia alcanza también a otro lugar en Lichtenberg: Karlhorst, donde se firmó la capitulación incondicional alemana en la noche del 8 al 9 de mayo de 1945 y se ocuparon a continuación varios edificios por la inteligencia soviética, ahora ya regentados por artistas. El lugar de la firma fue hasta recientemente el museo ruso-alemán, ahora ya simplemente Museo Berlín de Karlhorst.
Incluso después de la Caída del Muro (1989) Lichtenberg volvió a los titulares políticos cuando una casa en la calle Weitling 122 fue ocupada en junio de 1990 por neonazis armados. Se trataba de la primera ocupación de la derecha extrema, un hito que respondía a la Nationale Alternative, el primer partido neonazi creado en la todavía entonces existente DDR. Pronto el distrito era conocido por su fuerte presencia de neonazis tanto del Este como del Oeste.
Hoy quedan puntualmente algunos resquicios de presencia neonazi en Lichtenberg pero un centro de tatuajes que era nuclear para el movimiento ya ha tenido que cerrar sus puertas.
El Wellenwerk o la fábrica de olas donde cualquier tipo de discriminación, también racista, está claramente prohibida demuestra cómo el barrio ha cambiado mucho en los últimos años.

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