¡Casi me pierdo el vuelo! Diario de un viaje a El Salvador

Entrega 2


Presenta Surf City El Salvador

¡Casi me pierdo el vuelo! Me despertó alguien en el aeropuerto, no entendí nada, la sala de embarque que la recordaba repleta de gente ahora estaba vacía.

Por un segundo fue una visión apocalíptica… “¿Qué hago acá?”, me pregunté. Pero al instante recordé todo y casi me mato. Caí que me había dormido y que el vuelo al tan soñado viaje estaba al borde de ser perdido.

Agarré cuanta cosa tenía alrededor y corrí con cara de tarambana. Son pocos los vuelos y pocas las oportunidades de viajar en esta época de Covid y yo casi la tiro a la basura por culpa de un cómodo sillón del aeropuerto de Carrasco.

Hice el camino de la vergüenza hasta el asiento 26C, todos me miraban como el hijo e la madre que estaba retrasando la partida. En el lugar me di con una de esas ventajas que se dan gracias al Covid: La fila entera de asientos liberada para mí. Ni me acuerdo como despegamos, yo me desmayé.

Primero dormí sentado porque estaba muerto, luego de comer un sanguche duro como una piedra, me di cuenta que podía usar la fila entera. Dormí unas cinco horas más las que casi me dejan afuera del vuelo en la sala de embarque.

Previo a eso me peleé con medio aeropuerto. Primero porque me cobraron 150 dólares por la tabla… Nada nuevo, ¿cuándo van a entender las aerolíneas que el modo no es ese. Cobren 50, los pagamos a gusto, pero no un ojo de la cara.

Luego, cuando quise tomar una foto de la sala de embarque vacía. Vino un agente de Migración y me intimó a que borre las fotos. Yo le dije que no tenía derecho ni motivo para que yo haga eso.

Él insistió, amenazó a tomar medidas mas serias. Yo le expliqué que era periodista y quería retratar la soledad del aeropuerto. Me puse pesado, cargué con mis ideales y ellos se armaron en banda, ante una rápida cuenta mental de costo-beneficio, decidí entregarle al éter las imágenes desoladoras del aeropuerto de Carrrasco que pretendía ilustren esta nota.

Seguramente hay una forma de recuperarlas en la papelera, pero ya fue. ¡Qué duras que son las cabezas cuadradas! Habrá que seguir ablandando.

Me resultó justo y honrado comprarle un regalo al Host de Surf City El Salvador, Chute Hasbun, amigo desde el 2005, y a la ministra, Morena Valdez, que es una de las autoridades más surfers del planeta. Les compré vino uruguayo, Tannat, por supuesto. El Salvador ha sido un país que me recibe siempre bien y los responsables de llevarme merecen este humilde regalo, y mucho más.

En Panamá, donde estuve por 50 minutos me sorprendí porque el aeropuerto estaba funcionando al 100%. Sí, con medidas Covid pero filas y filas de gente subiendo a los aviones, comprando en los free shops y viviendo una vida que contrasta con la de Uruguay y según he sabido también con Chile, Perú y Argentina. Al que le moleste barbijo, que se lo imagine cuando hay 40 grados de calor.

Por encima de todas las cosas, parecía igual un aeropuerto pre Covid. Es increíble como varía la concepción del virus país por país.

Ya en el vuelo hacia El Salvador me tocó en la misma fila que el gran talento mexicano Dylan Southworth,  él leía Barbarian Days de Finnegan, el Pulitzer Prize. Compartimos mucha charla y me quedó claro una vez más que además de ser un gran surfer, es un gran tipo. Estuvimos de acuerdo, entre otras tantas cosas, que este ALAS es el más competitivo de la historia.

En el bus al hotel vinieron los boys de Panamá: Kalani García, Tao Rodríguez, Eliot Perrochon, Dawes Velasquez… Buenos pibes todos que estuvieron dispuestos a compartir lindas historias.

Me detuve a pensar sobre el paso de los años… Hacía 15 cubría las actuaciones de la mamá de Kalani, Pucha García y ahora cubro al surfing de su hijo. ¿Uno es viejo cuando cubre dos generaciones de una familia? Sí, claro que sí.

El tópico de conversación, que se repitió luego con otros surfistas de otros países, fue hablar del 2020, de la cuarentena, de las medidas de cada país de lo que pudo o no pudo hacer cada uno.

Fue extraño, fue raro adentrarse en esta cápsula extraña mientras que el mundo se viene abajo. Me sentía como un actor de un proyecto extraño que dejaba de lado al Covid, como una realidad paralela. O que lo esquivaba, o simplemente aceptaba que la vida "normal" es posible incluso con Covid.

Y finalmente llegué al hotel Boca Olas. Bendito lugar, aquí estuve el año pasado, cuando todo era normal… Para poco me dieron la habitación 13, la de la suerte.

Luego de acomodar todo fui para el agua. Pasé por la habitación del año pasado, a cinco metros de la mía. Me tocó un poco el corazón, me pareció que la vida se detuvo ahí y acaba de recontinuar. Un año atrás no solo tenía un mundo normal, tenía una familia "tradicional" con esposa e hijos…

Es tan difícil entender cada proceso en este 2020 que ya no importa.

Me fui para el agua y pasé de fiesta. Estaba solo el Gato Chila en el agua. Salieron olas geniales y tras dos horas volví a la habitación. Cuando me fui el mar, claro, estaba más poblado.

Fue genial saber que Felipe, mi hijo mayor metió el gol del empate en su práctica de fútbol y que en penales ganaron la contienda. Y me alegró hablar con Juancito, que tiene casi tres años y no entiende mucho dónde está su papá, pero todos sabemos que en realidad entiende todo.

Mientras redondeaba algunas cosas del trabajo me llamó la ministra de Turismo para ver cómo había llegado y qué tal había sido el viaje. ¡Qué gesto, qué detalle! Cosas que suceden solo en El Salvador.

Me voy a dormir bautizado. ¡Qué lindo es estar aquí! Me siento un privilegiado. Estoy ansioso por ir al agua mañana tempranito.

Que todo siga así. Y como nada es gratis yo ya tengo fecha para el hisopado de la vuelta. Que me encajen el tubito hasta las profundidades de cráneo, ¡está todo bien, yo estoy feliz de estar aquí!

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