Sobre los dichos del señor Ruben González y lo poco que sabe de surfing y coronavirus

La caza de brujas que se le hace a los surfistas en La Paloma, Uruguay y el desconocimiento de lo que hacen los países desarrollados con el surfing y con el bienestar de sus pobladores


Foto de portada: Un día bueno en La Paloma, Rocha, unos meses atrás, previo a la pandemia. ¿Distanciamiento social? Sí. Foto por Tomás Machado.

El señor Ruben González, alcalde de La Paloma, Uruguay, no entiende nada y no sabe nada ni de surf y ni de coronavirus. Ayer salió despotricando, diciendo que no sabe qué hacer con los surfistas y pidiendo ayuda al gobierno central para poder endurecer penas a los mismos.

¡Pero qué bobada!

Mientras que en Australia, en Hawái y en distintas zonas de los Estados Unidos se le dice a la población que vaya a surfear, pero que no vaya a la playa a lagartear, el señor González anda diciendo que no sabe qué hacer con los surfistas.

Correctamente se instó a la población a no ir a surfear en semana santa porque había que evitar el movimiento de seres humanos en un momento de incertidumbre, las playas se cerraron y hubo algún que otro problema, muy específico y menor que tuvo relevancia mayor porque los movileros de los canales tuvieron  que ganarse el jornal de la misma manera que tuvo que hacerlo Ruben González (y el ministro Larrañaga y Cardoso porque vieron 28 personas en un mar de miles de metros cuadrados). 

LECTURA RELACIONADA: ¿QUÉ HAY EN LA  CABEZA DE LOS QUE FUERON A SURFEAR ESTE FIN DE SEMANA? 

La realidad es que unos pocos surfistas, unos cientos fueron a ocupar miles de metros cuadrados de océano. Una concentración de personas mucho menor que la que se da día a día en la rambla de Montevideo, en los supermercados y en las ferias por solo mencionar dos o tres.

Pero además, sin tener en cuenta que los estudios científicos, la gran mayoría coincide en que el virus muere en las aguas tratadas y preliminarmente se probó que la salinidad del agua del océano lo mata. Hubo una nota del LA Times en la que se citó mal a la científica Kim Prather del instituto de oceanografía Scripps de California, que circuló por varios medios que señalaban que la brisa de la costa podía trasladar el virus por varios metros más de los seis pies de distanciamiento social. Ella misma se encargó de decir que eso no era así, que el virus, por suerte, es menos resistente de lo que se cree.

Concluyen que básicamente para contagiarse surfeando te tiene que escupir o toser en la cara un infectado de Covid 19 y recomiendan que se tome la distancia recomendada. Algo que en un mar con mucha gente sucede y que en spots solitarios definitivamente sucede: Se trata de dos o tres personas en el vasto océano.

Ojo, sucede en mayor o menor medida pero jamás haciendo que sea pertinente que el señor alcalde se vuelva loco y enloquezca a los medios con él (aplíquese lo mismo para Larrañaga y Cardoso).

Es verdad que por momentos hay gente que está acumulada por demás, y eso no está bien, toca decirles a los surfistas que se distancien más, pero jamás la concentración se da con la misma densidad que en un supermercado, cajeros y locales de cobranza que son sitios cerrados; y en la rambla donde la gente va a acurrucarse, a respirarse en la nunca, toserse en la cara.

Los países desarrollados no prohibieron el surf, sí prohibieron el cuchicheo que vemos en la rambla. Sin ir más lejos, este fin de semana España abrió el mar para los surfistas, pero no la playa para cuchichear; en Hawái y en lugares de Estados Unidos y Australia la playa no se cerró para surfers, sí para los que van a hacer playa.

Todo lo contrario sucede en Latinoamérica, los gobiernos son víctimas  de una ignorancia absoluta de lo que es el surfing y de lo que implica.

Ante esto, federaciones de varios países como Perú, Argentina, Puerto Rico y Costa Rica presentaron protocolos de regreso al surf, argumentando que la salud física y mental es importante y que el surfing es un deporte individual y en un ambiente abierto, generando mínimas posibilidades de contagio.

Pero como siempre, América Latina llega tarde a todo. Ven que la meca del surf nunca cerró el surfing, pero las autoridades, víctimas de un ataque de pánico, van y lo cierran, solo por las dudas. No solo eso sino que en países chicos como en Uruguay se le da voz a una locura infundada, una caza de brujas sin sentido alguno, un espectáculo lamentable, una pérdida de tiempo, un teatro absolutamente evitable.

En el mismo informativo que mostraba a este señor González diciendo que ya no sabía qué hacer con los surfistas y pidiéndole al presidente Lacalle (que, irónicamente, es surfista) que lo ayude; segundos más tarde aparecía un comerciante humilde, que hundido en las peores crisis económicas del país comentaba que había trabajado bien, “mejor que en semana de turismo”.

¿Quién había comprado al señor de ese almacén? Los surfistas.

¿Qué dijo el ministro de Turismo unas semanas atrás que era lo primero que iba a reactivar? El turismo interno, ¿qué mejor turista interno hay que un surfista? ¿Qué mejor turista interno hay que un surfista en plena pandemia?

¿Qué hizo el surfista? Se subió al auto en su casa en Montevideo, hizo 200 kilómetros, surfeó un rato, compró en el almacén, comió, surfeó de nuevo y se volvió a su casa. ¿Cómo esto atenta a la nueva normalidad? ¿Cómo puede ser que tenemos que estar escuchando en diarios e informativos nacionales un pataleo por algo que no ocasiona daños mayores y que es mucho menor que los verdaderos problemas que enfrentamos?

¡Basta de mantener esta ignorancia como noticia! ¡Basta de poner el ojo donde no hay problemas! ¡Por favor, a enfocarse en resolver los  problemas que son verdaderamente graves de la crisis!

Feria de Pajas Blancas, Montevideo, ayer. Foto viralizada en redes sociales.