La dimensión mundial del virus: Diario de un viaje a El Salvador

El regreso a casa en estas épocas tan complicadas


Cobertura especial presentada por Surf City El Salvador

El campeonato llegó a su fin, y el viaje a El Salvador también. Ya estoy en casa, en Montevideo, Uruguay, la capital mundial de la mediocridad.

Queda esa mezcla tan horrible y tan divina de que el hechizo desapareció, pero se vuelve, al lazo con las raíces que confortan, dan seguridad y tranquilidad.

La aventura es linda porque implica riesgo y hay que saber medir su comienzo y su final. No hay aventura sin riesgo, y quienes crean que se van de aventura sintiéndose seguros, sepan que jamás se aventuraron, fueron a Disney en un lugar que pretendía no serlo.

Para mí fue simple y alegre en un principio el irme. Además de ser trabajo, actuó como una vía de escape a mucho más que una pandemia. Fui muy responsable un año entero con todos los menesteres de mi casa, mi familia y mi trabajo y entendí que todo estaba perfecto con irme a El Salvador a cubrir el ALAS.

No me arrepiento en lo más mínimo, pero ahora entiendo más que nunca que la pandemia no es pavada. No me gocé tomando un vinito en el vuelo, ni en el aeropuerto, ni en la ciudad porque las regulaciones no lo permiten. Botella de agua en una caja y listo… Cuanto menos manoseo haya entre seres humanos, mejor.

Más allá de que en todos los aeropuertos y lugares que visité la gente parece estar más “flexibilizada” ante la pandemia que en Uruguay, algo que no digo que sea ni bueno ni malo, creo que la impresión más fuerte que me queda es que enfrenté la dimensión global del Covid-19 con mis ojos.

No es novedoso porque lo vemos en la tele todos los días, pero me parece que impacta verlo en persona. Somos todos unos soldaditos del barbijo, el alcohol en gel, el lavado de manos, con nuestros modos, nuestros acentos y colores, nos hemos “comoditizado” y todos compartimos ese maldito trauma de que un tosido, tocar algo, compartir una conversación, figura un potencial contagio.

Eso de saludarse con el codo o con el puño, como unos bananas, de olvidarnos del cariño de nuestros seres queridos (no se malinterprete: No digo que hay que abrazarse), de llegar a casa y tener que hacer cuarentena una semana, no podré abrazar a mis hijos por más que los tenga a cinco cuadras. Eso, con matices, sucede en todos lados.

Y lo peor no es ni siquiera eso, lo peor es esa presencia permanente allá atrás en el cerebro, esa voz que te habla el día entero que te dice que las cosas no son como antes y que tal vez jamás lo sean. Que no te olvides de lavarte las manos, de ponerte el barbijo, el alcohol en gel… Y eso sucede en Montevideo, Uruguay, en El Tunco, Ciudad de Panamá, San José de Costa Rica…

Ahora en el avión de Panamá a Montevideo, acabo de firmar dos documentos que me dicen que si “miento” con que me duele la garganta o no, puedo recibir de tres a 24 meses de prisión. Con tanta paranoia, yo ya no sé si me duele la garganta, si tengo tos o si realmente me llamo Pablo.

¡Dame un respiro, Covid!

Habiendo dicho eso, tan catastrófico, dentro de la catástrofe, me parece bueno resaltar creo está muy  bien hacer un uso responsable de la nueva normalidad y no suicidarse frente a esta. En otras palabras, bien por El Salvador que hizo este campeonato. Si un evento que en un principio tenía planificado ser para 60 extranjereos en total, tuvo más de 90, hubo que ampliar los cuadros de competencia, es porque la gente, o al menos los surfers también están listos a hacerle frente a la nueva normalidad.

Si un gobierno entero abre las puertas a los 90 que quieren vivir (y varios que se quedaron afuera), parece que las ganas están.

Es un testamento de que se puede vivir con el Covid de alguna manera más o menos normal (hubo aerolíneas, agencias de viaje, hoteles y gobiernos que permitieron el traslado de surfers de 13 países a uno. Y, es un testamento también de que la gente quiere hacer eso, está dispuesta a enfrentar a todos los desagradables “impuestos” en pos de viajar, competir, compartir y volver a casa con una linda experiencia en el bolso. Algo bien simple .

Para nada subestimo con decir esto al peligro que implica esta pandemia. Señalo solamente que si se es extremadamente responsable, se puede vivir una normalidad menos traumática que la de antes.